Como
un capullo se convierte en flor, como una
humilde raíz se trasforma lentamente
en frondosa sombra, como un jilguero logra
ser, con el tiempo, un gran cantor y compositor.
El hombre ha tratado a través del
tiempo seguir los pasos de la madre natura,
emularla y darle vida a los sueños.
Corrían tiempos grandiosos en nuestra
querida patria. Una semilla regada con la
sangre de los grandes que hicieron nuestra
nación estaba germinando a lo largo
y ancho del territorio.
Púan no sería la excepción.
Los sueños y proyectos de personas
nobles y decididas fueron pechando al destino,
triunfando frente a adversidades, con impulso
y ahínco, fueron tropillando esperanza.
Dice el filosofo Voltaire que la casualidad
no existe todo es castigo, destino o recompensa.
Sabían que al don natural del ser
humano hay que agregarle sangre, sudor y
lágrimas.
Por eso a 100 años de una institución
gloriosa, no solo en éxitos deportivos
sino sociales, es un buen momento para repensar
y establecer pautas claras y transparentes
como la de quienes nos precedieron en el
tiempo.
Es momento de festejo pero sobre todo de
reconocimiento y es propicio que sean nuestros
hijos y lo que vienen detrás los que
entiendan el mensaje de esos pioneros que
allá
desde lejos nos enseñan y demuestran
que es el esfuerzo, la abnegada participación,
el sacrificio, la generosidad social y los
sueños los que nos hacen sentir libres
y puros como aquel capullo, como aquella
raíz, como ese jilguero.
Son esos valores que nos legaron quienes
se nos adelantaron en tiempo, espacio, orden
y lugar, a modo de consejo, los que nos dejan
llegar a casa con la sola satisfacción
del deber cumplido y hacen que el vivir sea
en realidad un arte.
Épocas en que la palabra bastaba para
sellar un compromiso se propusieron formar
una institución que albergara las
pasiones de corazones ávidos y ambiciones
claras y puras.
Épocas donde la tracción a
sangre era el motor y el honor y la verdad
el metro patrón, el núcleo
duro de una población pujante y comprometida.
Seguramente sentían que era observados
no solo por los suyos y los otros, sino por
la historia, poseían como culto, un
concepto de posteridad, no se preocupaban
por el hoy sino por el mañana y creo,
mejor dicho, estoy convencido que se desvelaban
para que en el 2007, los encuentre reunidos
en una mesa a sus hijos y nietos festejando
esos logros y felices de cosechar esa semilla
regada y cuidada con tasto esmero.
Seguramente en sus deseos estaba el que lográramos
interpretarlos cabalmente, no solo como fundadores
sino como personas que entienden que en esta
vida somos un instrumento pasajero y que
la misión es dejar algo para bien
de los que vienen detrás. Causa, sin
duda, digna de ser imitada.
Hoy
la institución se viste de fiesta.
Festejamos su continuidad, pero por sobre
todas las cosas rendimos homenaje a sus fundadores,
recolectamos sus frutos y les entregamos
nuestro reconocimiento respeto y memoria.
En
una época difícil nuestros
abuelos pensaron en un futuro aun mas comprometido
y desconcertante, su visión, nos permitió trascender
las fronteras de lo deportivo y social.
Hoy el club alberga, cobija, abriga y contiene
a chinitos en diferentes prácticas deportivas.
Esa visión de futuro hizo que el presente
sea digno para quienes tenemos la ilusión
de ver niños felices. Y son esos chinitos
felices quienes tienen la obligación
y deber moral de mantener de generación
en generación esa antorcha que fuera
encendida aquel 10 de Septiembre de 1907.
Una
antorcha que iluminará los años
recorridos, las victorias y las derrotas,
los altibajos económicos, las alegrías
y tristezas, pero por sobre todas las cosas,
mientras esa llama se encuentre encendida
será
el testimonio y significado de que los sueños
de esos
“locos lindos” de 1907 estarán
por siempre intactos y vigentes…
…mientras
esa llama siga encendida…
No dejarás nunca
de brillar, mi querido Tiro Federal
!!!
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